edificio con cubierta de pizarra natural

Cuando la pizarra aprendió a cantar

5 June 2018

Jaume Prat  

Artículo perteneciente a la sección de corresponsales de CUPA PIZARRAS. 

Coordinación y edición de textos: Stepienybarno

La arquitectura popular incorpora en su ADN algunos de los conceptos que ahora están de moda en eso que llamamos arquitectura sostenible. El más patente de todos ellos es el kilómetro cero. Pensando así resulta obvio que en los lugares donde hay pizarra se construya en pizarra. La arquitectura resultante del empleo de este material es de una plasticidad impresionante. Severa. Económica. Los pavimentos se transforman en muros y éstos en cubierta de un modo natural, sin estridencias. Todo es de un color negro que juega maravillosamente bien con la vegetación y envejece todavía mejor hasta fundirse con el paisaje y difuminar los límites entre arquitectura, paisaje y preexistencia (o contexto, si se prefiere).

El trabajo en pizarra da unas texturas maravillosas. Las piedras se trabajan hasta adquirir unos tamaños de mampuesto más o menos plano. Las juntas son horizontales y a veces del mismo tamaño que la propia piedra, dando al conjunto un carácter estratificado. Los pueblos, así construidos, son de una armonía pocas veces alcanzada incluso si seguimos hablando en términos de arquitectura popular.

arquitecture negra en guadalajara

Pueblo negro de pizarra en Guadalajara.

Pero la pizarra tiene tres propiedades físicas tan interesantes que han llevado este material mucho más allá de la arquitectura originada en los lugares donde se da.

La primera de ellas es obvia. La pizarra es una piedra metamórfica. O, dicho de otro modo, la naturaleza se ha convertido en un industrial que ha convertido la arcilla en algo inalterable. La arcilla es un material interesante, porque es impermeable. La receta es sencilla: se toman montones y montones de tiempo geológico durante los cuales la arcilla sedimenta y se transforma en algo parecido a una roca de bajo nivel, la lutita. La naturaleza la cuece y la prensa y al cabo de unos cuantos milenios tenemos pizarra.  

Así que, ahí van las dos primeras características: la pizarra es inalterable como la piedra que es e impermeable como la arcilla que la ha originado.

La tercera característica interesante es su esquistosidad, es decir, su tendencia a partirse fácilmente en láminas finas (y, por tanto, ligeras) que, oh maravilla, siguen siendo inalterables e impermeables.

Da la casualidad que ligereza, impermeabilidad e inalterabilidad son las tres características soñadas en una cubierta. Siglos de inteligencia colectiva, ingenio acumulado y uso continuado han dado lugar a una mecanización y a una tecnología probada una y mil veces que, además, puede montarse en un gran repertorio de geometrías con un todavía más amplio repertorio de pendientes aceptadas que convierte estas cubiertas en algo altamente deseable. Por último, esta ligereza intrínseca hace el material transportable, de modo que puedes extraerlo en el Bierzo y montarlo en Biarritz sin arruinarte.[1]

Mucha arquitectura culta usa la pizarra intensivamente para sus cubiertas, montándose en cantidad de edificios relevantes seamos o no conscientes de ello. Incluso ha llegado a caracterizar una ciudad como París: sin las buhardillas creadas en bajocubiertas de pizarra la historia del arte sería diferente y mucho más aburrida.

Este uso más intensivo y alejado de sus lugares de origen dio lugar a una doble derivada curiosa: por un lado, el perfeccionamiento técnico del elemento (no tanto la pizarra como el tejado de pizarra) llegó a unas cotas de perfección considerables.

Por otro lado, se estereotipó y estandarizó su uso perdiendo versatilidad y esa expresión salvaje que tiene en la arquitectura popular.

Villa Marcot (1902) proyectada por Henri Sauvage.

Villa Marcot (1902) proyectada por Henri Sauvage: La arquitectura del mar no tiene por qué ser blanca.

Compliquémoslo un poco más: Llega el Movimiento Moderno y borra todo esto. Literalmente. Borrará la artesanía (a la que va a declarar la guerra), casi borrará la industria, borrará la expresión del material y borrará casi cualquier cosa que no sea la expresión de una idea abstracta y pura. La realidad contamina estas arquitecturas, las torna frágiles, permanentemente nuevas, sin capacidad para envejecer, sin memoria.[2]

Chalet Vesnus (1922), proyectado por Le Corbusier.

Chalet Vesnus (1922), proyectado por Le Corbusier. Fijaos en la foto, retocada a lápiz graso. Las carpinterías están dibujadas. El volumen, retocado. No importa la realidad. Importa la idea.

Esta percepción de la arquitectura acaba dejándose de lado rápidamente: el transcurso de una guerra, las necesidades perentorias de reconstrucción de una Europa en ruinas, las nuevas relaciones con la industria, el redescubrimiento de las arquitecturas populares (entre otros factores) ayudan. Ahora la realidad ya no contamina. El envejecimiento se contempla. Los materiales se contemplan.

Los elementos que éstos crean pasan a jugar un papel central en la expresión de estas arquitecturas. Vuelven las pátinas. Vuelven las texturas. Vuelve el muro.

Casa Nesbitt (1941), proyectada por Richard Neutra en plena Segunda Guerra Mundial.

Casa Nesbitt (1941), proyectada por Richard Neutra en plena Segunda Guerra Mundial. No hay posibilidad de elección de materiales, ni de disfrazarlos. El muro exagera su dramatismo y la relación interior-exterior se enriquece con ello.

Estas nuevas arquitecturas podrán expresarse como la construcción de un solo elemento cuya importancia se sobredimensiona expresamente tanto para que éste caracterice toda una construcción como para que la exprese y signifique.

Cuando este elemento es la cubierta un edificio podrá adquirir un carácter casi de cabaña primitiva, de refugio elemental. Podrá, incluso, sentar las bases para buena parte de la arquitectura contemporánea, con la relación con los elementos y la redefinición del confort todavía más radical desde hace un siglo al poder cuestionar profundidades de fachada diferentes y relaciones con el clima diferentes.

Si estas cubiertas se hacen de pizarra podrán aprovechar dos de sus características únicas para producir arquitecturas significativas: la tecnología probada de la pizarra exportada, esta tecnología que permite construir cubiertas ligeras, inalterables y fiables, y esta expresión mediante múltiples pendientes.

Casa Munck (1945), proyectada por Arne Jacobsen: una casa-cubierta de pizarra.

Casa Munck (1945), proyectada por Arne Jacobsen: una casa-cubierta de pizarra.

Con ello se unifican casi por primera vez los dos mundos: el de la tecnología exportada y el de la expresión pura de la pizarra como elemento que caracteriza una arquitectura, ya no una arquitectura popular sino una arquitectura más universal que ha enseñado, por fin, a la pizarra a cantar con voz propia.

Iglesia de Nuestra Señora de los Ángeles, Vitoria (1957), proyectada por José María García de Paredes y Javier Carvajal: una iglesia-cubierta de pizarra.

Iglesia de Nuestra Señora de los Ángeles, Vitoria (1957), proyectada por José María García de Paredes y Javier Carvajal: una iglesia-cubierta de pizarra.


(1) Si dejas la pizarra en la tierra tiende a comportarse como un magnífico substrato para que crezca una planta tan interesante como la vid. Algunos de los mejores vinos del mundo se producen en terrenos pizarrosos.  

(2) No confundamos estas arquitecturas tal y como fueron concebidas con la idea que nosotros tenemos de estas arquitecturas. Nuestra mirada sobre ellas incorpora muchos aspectos perceptivos no tenidos en cuenta por los arquitectos que las proyectaron, siendo el principal de ellos el que ahora contemplamos las capas de tiempo acumuladas sobre ellas sin tapujos.